El terrenito, otro relato de Almazán

EL TERRENITO

Lo que fue a principios del siglo la gran hacienda pulquera de don Pepe Lana y Escalón, en la actualidad es un pintoresco mosaico de fraccionamientos, unos a medio construir y otros aún en estado de depósito de cascajo. Todos ellos, sin embargo, se engalanan con ristras de banderines de colores y se anuncian con nombres a cual más atractivos: Jardines del Ensueño, Rincón Florido, Bosques de Paraíso… Es cierto que el árbol más cercano está a diecisiete kilómetros en el vecino Estado de México, pero ello no impide que la imaginación de los fraccionadores se vista de verde y describa como floresta a las salitreras del antiguo lago de Texcoco.
De trecho en trecho, aparecen enormes sobrillas playeras, bajo las cuales se sientan unos señores muy sonrientes, con portafolios negros y con un bolígrafo en la mano listos para convertir en propietario al primer ciudadano que caiga con cincuenta pesos en efectivo. Y los ciudadanos caen como moscas, atraídos por hábiles campañas publicitarias que les ofrecen hacerlos terratenientes por un módico enganche y el desembolso de un peso diario. Un peso diario durante cien años, pero eso no se descubre sino hasta después de firmar el contrato.
Los propietarios en abonos, sin embargo, se encariñan con sus parcelas y dedican los domingos y días festivos a recorrerlas de arriba abajo y a mirarlas desde diversos ángulos. Entre ellos se crea un espíritu de solidaridad, una especie de masonería de terratenietes, y cambian impresiones entre sí mientras las señoras preparan los tacos de barbacoa y los chamacos se revuelcan en la tierra.
–Pues yo– le dice uno de los propietarios a un futuro vecino– en vez de metros cuadrados me he comprado metros redondos, porque tengo pensado construir una casa en forma de torre, para aprovechar el terreno.
–¡ Hombre, qué buena idea! Yo había pensado más bien en extenderme hacia abajo, pero un compadre mío que es licenciado me advirtió que el subsuelo es propiedad de la nación, y que a lo mejor el día de mañana me busco un lío con el Departamento de Distrito.
–Además– tercia otro latifundista–, acuérdese usted de lo que le pasó al señor aquél de los anteojos, el del lote M-519, que se puso a escarbar y todavía no sale… Parece que a los dos metros se encuentra agua, y el no sabía nadar…
En esto llega un cuarto propietario, todo sofocado:
–Se me hace que ya me robaron un metro. Debe haber sido muy recientemente, porque el domingo pasado que medí el terreno todavía estaba ahí.
–A mí también me “volaron” un cacho de lo que va a ser la cocina. Estoy pensando en traer un perro que vigile mi parcela.
–Pues sí, nada más que cuando haga la caseta para el perro, ¿dónde va usted a construir la casa?
–Es verdad. Lo mejor sería empezar a fincar de inmediato.
–Sólo qué, ¿con qué ojos, mi divino tuerto? Yo, mientras no acabe de pagar el terreno, no puedo comprarme ni un ladrillo. Y mi última letra vence el 31 de mayo de 1999…
El grupo de propietarios guarda un minuto de silencio. Uno escarba con la punta del zapato en el salitre, otro se sacude el pantalón y el más optimista mira hacia las banderolas que flotan al viento:
–Lo bueno –dice– es que para entonces estos terrenos valdrán un dineral, y con eso se podrá pagar el enganche para un condominio…
Porque el que se mete a propietario, ya nunca se resigna a dejar de serlo. Aunque sea en abonos de medio siglo.

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